No era la primera vez que la gitana se metía en la casa de mi abuela. En Calera Feitis, un pueblo obrero que ahora es una cantera vacía, un cerro gris y un puñado de casas rotas, era común que las gitanas entraran y se llevaran huevos y gallinas.
—¿No tiene una gallina para darme, doña?
—Salí de acá —gritó mi abuela mientras baldeaba el patio.
—Deme una gallina, doña.
—Salí de acá gitana ladrona —dijo mi abuela y amenazó con sacar a la gitana de un escobazo.
Entonces la gitana sacó la teta izquierda del vestido, la agarró con las dos manos y le echó a mi abuela un chorro de leche en el medio de la frente:
—Te maldigo vieja de mierda. Vas a vivir hasta los ochenta y cinco años sufriendo por esas piernas llenas de úlceras. Vas a morir sufriendo por esas várices —dijo.
Y se fue por donde había entrado.
Mi abuela murió a los ochenta y cinco años. Nunca la vi sin vendas en las piernas. El agujero en la pantorrilla derecha: pegajoso, amarillo y morado nunca terminó de cerrarse.
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