martes, 1 de septiembre de 2015

Microrrelato


No era la primera vez que la gitana se metía en la casa de mi abuela. En Calera Feitis, un pueblo obrero que ahora es una cantera vacía, un cerro gris y un puñado de casas rotas, era común que las gitanas entraran y se llevaran huevos y gallinas. 

—¿No tiene una gallina para darme, doña?

—Salí de acá —gritó mi abuela mientras baldeaba el patio.

—Deme una gallina, doña.

—Salí de acá gitana ladrona —dijo mi abuela y amenazó con sacar a la gitana de un escobazo.

Entonces la gitana sacó la teta izquierda del vestido, la agarró con las dos manos y le echó a mi abuela un chorro de leche en el medio de la frente:

—Te maldigo vieja de mierda. Vas a vivir hasta los ochenta y cinco años sufriendo por esas piernas llenas de úlceras. Vas a morir sufriendo por esas várices —dijo. 

Y se fue por donde había entrado. 

Mi abuela murió a los ochenta y cinco años. Nunca la vi sin vendas en las piernas. El agujero en la pantorrilla derecha: pegajoso, amarillo y morado nunca terminó de cerrarse.

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