Maximiliano Djerfy no mira el canal 30 en televisión,
tampoco el 3. Con el 29 o el 4 no tiene problemas. Pero el 30 y el 3 no. Ni
loco.
—Soy re cabulero —dice sentado en la cabina de control de su
estudio de grabación.
El 30 de diciembre de 2004, Callejeros, la banda en la que
Maximiliano fue guitarrista desde octubre de 2000 hasta agosto de 2008, dio su
tercer recital en el boliche «República Cromañón», en la calle Bartolomé Mitre
3060 del barrio de Balvanera, Ciudad de Buenos Aires.
—Siempre habíamos tocado dos veces—dice. Viste bermudas y
una remera negra. Las zapatillas son blancas, iguales o parecidas a las que
cuelgan en Cromañón.
Pero ese 30 tocaron tres veces. Y después de los primeros
acordes de «Distinto», el primer tema del tercer disco, se escuchó un
estruendo, una bengala. Se cortó la luz.
—Ahí pensé: «se pudrió todo».
La media sombra que estaba arriba del techo del local se
prendió fuego, y el incendio de las capas de espuma de poliuretano y de guata
que la cubrían produjo ácido cianhídrico y monóxido de carbono.
194 personas murieron envenenadas. Miles —nadie sabe cuántos
exactamente— escaparon como pudieron, pateando puertas que no abrían, golpeando
salidas de emergencias valladas, a caballito, a upa, o arrastrándose a tientas.
«El inmueble se convirtió en una trampa mortal que terminó
con la vida de 194 concurrentes e hirió a otros 1524», dice la sentencia del
juicio por Cromañón, dictada el 19 de agosto de 2009 por los jueces Marcelo
Roberto Álvero, Raúl Llanos y María Cecilia Maiza, del Tribunal Oral en lo
Criminal N°24.
En esa sentencia, Maximiliano Djerfy fue absuelto. De los 15
imputados, los únicos condenados fueron Omar Chabán —gerenciador de «República
Cromañón—, Raúl Villarreal —socio de Chabán—, Diego Argañaráz —manager de
Callejeros—, Rubén Díaz —Subcomisario—, Fabiana Fiszbin y Ana María Fernández
—inspectoras del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Pero el proceso
judicial no empezó ahí. Y ese tampoco fue el final.
Lo primero que hizo Maximiliano después del incendio fue
recorrer los hospitales de la ciudad. A su papá, Jorge, lo había sacado
desmayado del boliche, pero no sabía a qué hospital había ido, y a su tío, su
tía, su prima, su otra prima, el novio de esta prima, y su ahijada no los había
visto más. A las cinco de la mañana encontró vivos a su papá y a una de sus primas.
Los demás habían muerto.
Pensó en tirarse del balcón.
Después de un mes, empezó a ocuparse del proceso judicial.
El primer abogado que tuvo fue Mariano Silvestroni, del
estudio de Julio Virgolini y Adrián Maloneay.
—Al principio tenía la cabeza en lo de mi viejo —que estuvo
un mes y medio internado en el Hospital Fernández—. Después me junté con los
chicos y me dijeron que estábamos en quilombo porque nos querían procesar.
Ellos ya habían contratado a un abogado. Con ese no pegamos una: nos
prohibieron tocar, nos procesaron, nos llevaron a juicio. Todo mal.
A los siete integrantes de Callejeros —seis músicos,
Patricio Fontanet, Eduardo Vázquez, Juan Carbone, Christian Torrejón,
Maximiliano Djerfy y Elio Delgado; y un escenógrafo, Daniel Cardell— los
procesó el juez Julio Lucini el 3 de junio de 2005, quien además les impuso
embargos por 10 millones de pesos a cada uno.
Después del procesamiento, la banda optó por otro abogado:
Eduardo Warna. Pero enseguida cambiaron por Analía Fangano y Martín Capdevilla,
que defendieron a todos hasta antes de empezar el juicio. En agosto, todos,
menos Maximiliano, decidieron que los dejaran de representar Fangano y
Capdevilla. Ese fue el fin de la banda para el guitarrista.
—Ellos eligieron otro estudio porque decían que la mina
—Analía Fangano— no era buena, a mí no me parecía que fuera así y me quedé con
ella. Fue mi elección. A Juancho —Juan
Carbone— no le gustó y me echó. Cosas
que pasan, como en cualquier matrimonio —dice Maximiliano. Y esboza una
sonrisa.
El matrimonio se divorció y no hubo vuelta atrás. El resto
de los músicos creyó que si Maximiliano iba con otra abogada al juicio podía
traicionarlos, y entonces era mejor ir por caminos separados.
Hoy, siete años después, Patricio Fontanet, Daniel Cardell,
Christian Torrejón y Maximiliano Djerfy tienen los mismos defensores, Nicolás
D’Albora y Marcelo Brito. Elio Delgado y Juan Carbone son representados por
otros profesionales. Y Eduardo Vázquez
cumple una condena de prisión perpetua por el homicidio de su esposa, Wanda
Taddei, que ocurrió en febrero de 2010.
Cuando habla de abogados Maximiliano parece indiferente.
Para él es lo mismo uno de oficio que un buffet con prestigio. Y si hoy
comparte letrados con algunos de los músicos es solo porque su padre firmó con
ellos cuando él estaba preso y le dijo que en esa instancia era mejor actuar en
bloque.
A Maximiliano no le preocupan demasiado ese tipo de
decisiones.
Cuando habla de Callejeros es menos indiferente. Dice que
fue una gran banda, que cuando volvieron a tocar después del incendio creyó que
eran inquebrantables, y que no sabe si
podrían volver a tocar. Tal vez sí. O no. Algún día.
Por ahora se dedica a dos bandas: «Esas Cosas», en la que es
cantante y guitarrista desde el 2009, y a la que considera «su» banda; y
«Nuestra Raza», un grupo que formó en diciembre de 2014 junto con Juan Carbone
y Elio Delgado.
Es una tarde de sol en Valentín Alsina, partido de Lanús. La
sala de ensayo Punto Cardinal está a unas cuadras del estudio de grabación de
Maximiliano. «Esas cosas» se prepara para ensayar.
— ¿Qué te acordás del juicio?
—Todo. Desde el primer día, el 19 de agosto de 2008, hasta
el último. Fui al juicio todos los días porque quería saber qué decían de mí y
mostrarles quién era —quien soy—, que no me vendieran como un delincuente
porque yo soy músico, estaba tocando la guitarra, nada más. No soy responsable.
Maximiliano habla tranquilo y fuma uno, dos, tres
cigarrillos.
—La imagen que más tengo grabada de todo el proceso es la de
la absolución. Lo miré al juez que leía y me quedé ahí parado… «No dijo años
para mí, estoy absuelto», pensé. Cuando reaccioné ya tenía a los padres
golpeando el blíndex. Y ahí dije: «Ah sí, estamos en libertad».
El juicio terminó el 19 de agosto de 2009, y todos los
músicos quedaron libres. El Tribunal Oral, después de escuchar las
declaraciones de 344 testigos y de realizar 102 audiencias, consideró que no
eran culpables de los delitos de estrago doloso seguido de muerte, en calidad
de coautores, ni de cohecho activo, en calidad de partícipes secundarios.
— ¿Pensaste que el proceso terminaba ahí?
—No, sabía que se venía la Cámara de Casación y las
apelaciones, porque era obvio que los padres de las victimas iban a apelar.
El 17 de octubre de 2012, la Sala Tercera de la Cámara
Federal de Casación Penal, formada por los jueces Eduardo Riggi, Liliana
Catucci y Mariano Borinsky, condenó a prisión a catorce de los quince imputados
en la causa, solo dejó en libertad al Comisario Miguel Ángel Belay. Ese 20 de
diciembre ordenó la detención.
—La decisión de Casación fue muy arbitraria. Los chicos no
formaron parte de la organización del recital y la Cámara no lo consideró así
de una manera totalmente parcial. Creo que antes de leer el expediente ya
tenían una decisión tomada. Y ese no es el trabajo de un juez —dice Nicolás
D’Albora, abogado actual de Maximiliano.
El 20 de diciembre a la tarde Luján García, la novia de
Maximiliano, lo dejó en la puerta de la sala de ensayo y se fue a la casa.
—Cuando llegué —dice Luján— me llamó por teléfono mi mamá y
me dijo que fuera a buscar a Maxi, que lo iban a meter preso. Subí corriendo a
decirle a mi suegra y salí para la sala. Cuando vio el auto, Maxi se asomó por
la terraza. «Te van a meter preso», le dije, «Sí, ya sé», dijo él.
Y se puso a llorar.
—Esperamos a que llegara mi suegro y fuimos todos a Paraguay
—al Tribunal N° 24—. Llegamos y el abogado —Diego Torto, uno de oficio, porque
Fangano había renunciado el último día del juicio— me dijo que le comprara una
tarjeta control para que pudiera hablar por teléfono. Fui, la compré y ya no lo
vi más. Me cayó la ficha en Navidad.
—En el Tribunal le preguntaron a qué cárcel quería ir —dice
Jorge Djerfy, padre de Maximiliano—. Maxi no sabía, qué iba a saber, lo único
que quería era no ir preso. Después de un rato dijo «Marcos Paz», y entonces un
policía me dijo que eligiera Ezeiza, que era mejor.
En el colectivo que lo llevaba a la cárcel Maximiliano
pensaba que se moría. Pero la cárcel —dirá— fue mejor de lo que esperaba. Lo
llevaron a «Carcelandia» —así le decían al pabellón G—. Ahí funcionaba un
programa para suicidas: solo había dieciséis presos y hasta se podía dormir la
siesta y salir a correr.
—Correr me ayudó a cuidar la mente.
Estuvo en Ezeiza un año y siete meses.
Quedó libre el 6 de agosto de 2014, después de que la Corte
Suprema de Justicia hiciera lugar al pedido de Doble Conforme de los abogados
de los músicos —ahora espera la decisión de la Cámara Federal de Casación
Penal, que convocó a una audiencia oral y pública para el 18 de junio en la que
las partes podrán exponer sus argumentos para que luego los jueces revisen las
condenas.
—Salió corriendo, estaba feliz. Me daban ganas de gritarle
corré más rápido, dale, dale —dice Agustín, un amigo de la cárcel.
Es una tarde de primavera. Maximiliano está en su casa,
refaccionando el estudio de grabación. Luján llega del trabajo y le prepara un
té. El agua hierve mientras ella habla y busca a la gata que adoptó cuando
Maximiliano estaba preso.
— ¿Tienen una gata?
—Sí, a Maxi no le gustan mucho pero eligió el nombre.
— ¿Cómo se llama?
—Libertad.
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