sábado, 5 de abril de 2014

Arlt


Literatura

«Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras», afirma Roberto Arlt en el prólogo a Los lanzallamas, el final de la novela Los siete locos, publicada en 1931. Escribir. No importa dónde ni cómo. Si a alguien lo apremia la necesidad de gritar lo que ve afuera, en el mundo que  agobia, entonces hay que lanzarse a la tarea a la que Arlt invita. 

Él lo hizo. Y su trazo quedó marcado para siempre en el ser argentino. 

Tal vez lo haya impulsado el temor a un padre autoritario. Tal vez hayan sido sus pasos vagos por las calles de Buenos Aires y de Córdoba, donde aprehendió la esencia de la gente y los lugares.  Tal vez su desencanto con el mundo y la burocracia. Tal vez nada. O todo. 

Las aguafuertes porteñas son el reflejo de su andar por Buenos Aires y están escritas con una honestidad que no abunda. En Los siete locos y Los lanzallamas habla a través de Erdosain y escribe en él el dolor humano. «Arlt- que no era profeta- intuyó como nadie la decadencia y el horror que iba a sufrir la Argentina», afirma Osvaldo Soriano. Sus personajes, reunidos en la sociedad secreta y en el Club de los Caballeros de la Medianoche, revelan la culpa, la angustia, la desesperación, el sentido de pérdida y la desazón del espíritu argentino, al tiempo que se reúnen en un intento de acabar con la realidad que los apremia. 

Algunos dijeron que escribía mal. Sin embargo, hoy, 70 años después de su muerte, los textos de Arlt siguen tan vigentes como cuando los escribió, ahí donde haya podido escribirlos.

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