*Crónica finalista del V premio Nuevas Plumas de crónicas inéditas. http://periodismoportatil.com/premio/
En Espigas, trescientos ochenta y nueve kilómetros al sudoeste de la ciudad de Buenos Aires, parecía no pasar nada esa noche del 24 de agosto de 2013. La niebla cubría los campos y las casas apenas se veían, tapadas de oscuridad. Cerca de las once, en ese pueblo opaco, Delia Moyano se acostó con sus tres hijos y un ojo abierto: Jorge Cuello, su pareja, se había vuelto a emborrachar.
Eso significaba, en el mejor de los días, un bombardeo de gritos y ofensas; en el peor, una mano pesada golpeándola con un fierro por todo el cuerpo. Esa noche, finalmente, no fue la excepción: Delia fue sacada de la cama a fuerza de insultos.
—¡Puta de mierda! —gritó Cuello y la zamarreó.
—¡Si me seguís puteando me voy! —dijo Delia, entre sacudones.
—¡Te voy a matar, puta!
—¡Si te molesta que esté acá, yo me voy, pero me voy con los nenes! —dijo Delia.
Y ahí pasó: él la empujó fuertemente contra la puerta del baño y, cuando quiso pegarle, ella agarró un cuchillo tramontina que estaba arriba de la mesa y sin mirar se lo clavó de frente, debajo de la tetilla izquierda, como un animal que larga un zarpazo. Cuello volvió a insultarla, se agachó, agarró un tetrabrik y se echó un chorro de vino blanco en el corte. Después se tapó la herida con una curita y se acostó. Era sábado.
El domingo y el lunes transcurrieron normales. Cuello acostado en la cama, con un dolor que él confundía con el que normalmente le causaba el hígado herido de cirrosis. Y Delia en la casa o llevando a los hijos a la escuela. El lunes Cuello dijo que se sentía mejor. Pero el martes todo cambió. Cuando Delia se levantó de la siesta, encontró a su pareja boca arriba, con la camisa desprendida. Muerto.
Después siguió lo demás: la llegada de la policía; de Carlos Seclen, el médico del pueblo; de la policía científica; de la ambulancia que se llevó el cuerpo para hacerle una autopsia. Y las preguntas: qué había hecho Delia en las últimas horas, dónde había estado, por qué Cuello tenía una herida.
La causa cayó en manos de una mujer, la fiscal Viviana Beytía, quien la instruyó como homicidio simple y mandó a Delia al encierro: primero en la Comisaría de la Mujer de Olavarría, a 81 kilómetros de Espigas, después en un Centro de Detención de Mar del Plata, a 386 kilómetros, más tarde en la Unidad Penal N° 52 de Azul, a 134 kilómetros, y finalmente en su casa. Pero la historia recién tomó estado público casi dos años después, en 2015, cuando Delia quedó absuelta en un fallo histórico que sentó jurisprudencia para otros casos similares en la justicia argentina: los magistrados determinaron que Delia había matado en defensa propia. De ahí en más, con el sistema judicial de su lado, Delia tuvo que volver a circular por Espigas: un pueblo de quinientas personas donde, al igual que en muchos otros caseríos del interior, la justicia garantista no encaja con las habladurías y el sentido común. Y donde todos se conocen, se acompañan y se temen entre sí.
***
Es junio de 2015. La vida en Espigas sigue transcurriendo como si nada pasara. A las cinco de la tarde, en la plaza central hay un silencio estático y una mujer sentada en la entrada de la iglesia. Se llama Mirta Otermín.
—Soy catequista —dice—, he tenido todo el tiempo contacto con Delia, es más: ayudé a la periodista del diario El Popular de Olavarría con notas a favor de su inocencia. Pero ahora la estoy viendo con cierta violencia que no disimula y me pregunto: ¿Realmente ella era la víctima?
Todos en el pueblo, al igual que Mirta, tienen algo que decir sobre Delia.
—Yo no te puedo atestiguar que Cuello le pegaba porque no lo vi. Pero si él le pegaba yo calculo que ella no se quedaba atrás eh, porque no es de esas sometidas. Es bravita —dice Horacio Tellechea, el mecánico de Espigas, un enamorado de los autos de los años veinte y del lujo de una Francia que nunca conoció pero que nombra con cierta nostalgia—. Igual yo siempre pensé que la liberaban. Vos viste que hay reyes del crimen y andan lo más panchos por la calle, en este país no hay justicia.
—De Delia no te puedo decir nada, pienso que por los chicos mejor que esté libre —dice más adelante José Ferreyra, un vecino que prefiere usar frases hechas que otros repetirán—. Este es un pueblo tranquilo, podés dejar la bicicleta afuera que no te la van a robar. Acá nunca había pasado nada antes de lo de Delia, aunque bueno… —Ferreyra duda— puertas adentro uno nunca sabe.
—Cuello era violento solo cuando se alcoholizaba —dice finalmente Ernesto Giménez, ambulanciero del hospital desde hace dieciséis años y administrador a prueba desde hace tres meses—.Y no era de tener cosas afuera, quiero decir, relaciones extra matrimoniales. Que no sé en el caso de Delia. Siempre se dijo que ella salía con uno, que por ahí andaba con otro…
Son casi las dos de la tarde y todos duermen en el hospital donde trabaja Giménez. En la entrada del edificio hay una Virgen y un ficus verde. Después, un pasillo angosto con puertas blancas. Detrás de una de ellas —la que dice «administración»— está Giménez. A esta hora todo el edificio está a cargo suyo y de una enfermera. Carlos Seclen, el único médico del pueblo, acaba de irse: trabaja hasta el mediodía y vuelve a las cinco, después de dormir la siesta. En el hospital hay treinta y dos internos —seis mujeres y veintiséis hombres— y cuarenta camas. En algunas de esas camas durmieron Delia y sus hijos varias veces. Nadie sabe exactamente cuántas. Ni siquiera Delia. Pero muchos recuerdan que una noche llegó a la guardia golpeada y que durmió ahí porque no tenía otro lugar adonde ir. También recuerdan que un tiempo después, a ese mismo espacio llegó Cuello —la pareja de Delia— con el hombro quemado. Una enfermera lo curó y le preguntó qué le había pasado. Él dijo que se le había caído agua del termotanque y a la enfermera le llamó la atención: ella sabía que el rancho en donde vivían Delia y Cuello no tenía ese tipo de artefacto.
Cuando el hombre se fue, la enfermera se acercó a sus compañeras y les habló con alivio:
—Por fin Delia empezó a defenderse —dijo.
***
Delia vive en la calle Padre Jorge Yungblut: un camino de tierra en el que abundan los terrenos vacíos, los yuyos y los alambrados torcidos. Afuera de su casa —un rectángulo de cemento y chapa— hay un auto que no funciona, una bicicleta y una pileta de lona con dos bagres que nadan en el agua estancada.
La tranquera está abierta. Delia se acerca con pausa. Tiene treinta y cuatro años y el cuerpo de una niña. El pelo castaño cae lacio sobre los hombros y los pómulos angulosos definen un rostro duro.
Atrás vienen corriendo Valentina y Juana: sus hijas de tres y seis años.
—Pasá —dice Delia.
La casa es un lugar mínimo en el que entra un mundo. Hay una mesa, cinco sillas —una para cada integrante: Delia, sus tres hijos y uno de sus hermanos—, un aparador, un televisor, una paloma, y un cuarto con varios colchones. En el medio de todo eso está el hijo mayor de Delia, de nueve años. Se llama Jorge Raúl Cuello.
—El mismo nombre que el padre —dice Delia con una mueca de disgusto.
Jorge no habla. Mira televisión y juega con la paloma. Las nenas, en cambio, van y vienen del patio a la casa, corren, gritan, se le suben a Delia a upa, la abrazan.
—Valentina quiere estar conmigo siempre. Fue la que más me extrañó cuando los llevaron al hogar, el mes que estuve presa en Azul. Fue difícil.
Delia nació en Espigas. Pero a los pocos años se fue a vivir a Paula, una localidad cercana, porque su padre había conseguido allí trabajo de peón rural. En ese pueblo de cuarenta habitantes, Delia hizo la escuela primaria. Cuando tenía once años, su mamá murió de cáncer y entonces se crió sola, con la ayuda de la hermana mayor.
—Mi infancia fue como la que están viviendo ahora mis hijos, así como ves que estoy ahora —dice—. Mi papá sabía mamarse, pero era bueno. En mi familia no había problemas de violencia, todos eran un pan de Dios.
Cuando el padre dejó de trabajar en Paula, la familia volvió a Espigas. Aunque Delia ya había regresado unos años antes porque la habían contratado para cuidar a una señora en una estancia. Estuvo en esa casa desde los catorce hasta los diecisiete, pero un día se cansó de que las hijas de la patrona la maltrataran y dijo «basta». Al tiempo, consiguió trabajo en otra estancia para cuidar a otra señora. Trabajó ahí ocho meses, en condiciones que relaciona con la esclavitud.
Tenía diecinueve años cuando se fue. Poco después se puso de novia con Jorge Raúl Cuello, un hombre veintiocho años mayor que se había criado junto a ella porque las familias vivían en casillas contiguas. Delia se enamoró de ese vecino grandote y trabajador que prometía protegerla, y cuando ella tenía veinte se fueron a vivir juntos a una casita que les habían prestado. La alegría, sin embargo, duró poco. Después de unos meses les pidieron la casa, se tuvieron que ir a vivir con el padre de Delia, y Cuello le empezó a pegar.
—Yo pensé que iba a cambiar, pero no —dice.
Cuello la golpeó, la celó y la insultó durante doce años, hasta la noche del 24 de agosto de 2013.
Delia dice que ese día agarró el cuchillo porque era lo único que tenía para defenderse. Dice, también, que no sabía que lo había herido de gravedad. Que después de la pelea, Cuello se puso un apósito en la herida y que los días que siguieron estuvo en la cama, como tantas otras veces después de emborracharse.
—No fue al médico porque no quiso que nadie supiera. Habrá querido dejarse morir o a lo mejor no creía que era un corte profundo. Además, a la herida le empezó a echar alcohol y tomó vino hasta el último día, entonces como que se reventó.
De a ratos Delia suspira, o se queda callada.
—Después me tuvieron en el destacamento todo el día, hasta que me vinieron a buscar y me llevaron engañada a Olavarría. Me dijeron que íbamos al hospital y me llevaron a la comisaría, sin documento, sin abrigo, sin la pastilla para la presión.
Delia estuvo hasta el jueves en Olavarría. El viernes, por una confusión de papeles, la llevaron a Mar del Plata. El lunes la trasladaron a la Unidad Penal N° 52 de Azul. Delia estuvo veinte días encerrada ahí con mujeres que estaban presas por narcotráfico. El día veintiuno, el juez le concedió el arresto domiciliario hasta que se llevara adelante el juicio.
El juicio comenzó casi dos años después, el nueve de abril de 2015, y duró una semana. La fiscalía pidió cadena perpetua y solicitó cambiar la carátula de «homicidio simple» a «homicidio agravado por la relación de pareja». La defensa pidió que absolvieran a Delia porque había actuado en legítima defensa y en un contexto de violencia de género. El Tribunal estuvo de acuerdo. Los jueces Marcelo Céspedes, Joaquín Duba y Gustavo Borghi, del Tribunal Oral en lo Criminal Nº 1 de Azul absolvieron a Delia el dieciséis de abril de 2015 por considerar que había actuado en defensa propia según lo que establece el artículo 34, inciso 6 del Código Penal argentino.
—Delia, ¿cuántas veces denunciaste a Cuello por violencia?
—Puf. Fui varias veces al destacamento de acá y una vez fui a Olavarría.
—¿Y qué te decían?
—Que me fuera tranquila, que después iban a venir a mi casa para ver cómo estaba todo. Lo que dicen siempre. Nadie vino nunca.
***
Es jueves por la tarde y en el destacamento de Espigas la puerta de entrada está abierta. Adentro, Darío Bonillo, el encargado desde hace tres años, charla con un hombre que no viste uniforme policial. La oficina es gris. Hay un mostrador alto y una Virgen mira desde la pared del fondo.
Bonillo es joven y habla de memoria, como si estuviera escribiendo un telegrama:
—El martes 27 de agosto de 2013 nos avisan para que vayamos al domicilio de Delia Moyano por el fallecimiento de una persona. Primeramente no teníamos ninguna duda, parecía que había sido un paro cardíaco. Posteriormente llega el médico forense, revisa el cuerpo, le saca la camisa y ve un apósito sobre la altura de la tetilla izquierda. Ante esa situación, se preserva el lugar, se llama a los peritos y se cita a Delia al destacamento. Delia comienza a tener ciertas contradicciones hasta que se quiebra y dice que ella hirió a Cuello en el marco de una pelea entre ellos.
—¿Cuántas denuncias había hecho Delia antes de ese episodio?
—Y…no sé. Desde que estoy yo, por lo menos una —dice Bonillo—. Sé que se habían peleado anteriormente y había habido alguna constancia de denuncia acá. Pero cuando se hacen ese tipo de denuncias, se derivan a la Comisaría de la Mujer de Olavarría —una ciudad cercana— y ellos mandan alguna notificación para que la víctima ratifique el acto de violencia. Pero generalmente lo que pasa es que después de la pelea, la mujer, por temor a perder los hijos, la casa o lo que fuere, niega la agresión y la causa se archiva. Yo creo que eso pasó en el caso de Delia.
—¿Y si la mujer llega con una lesión?
—Si se constatan lesiones, se manda un patrullero a la casa y se detiene al agresor. Pero nunca constatamos lesiones en Delia.
La noche que Delia durmió en el hospital, tenía el ojo negro: a Cuello no lo detuvieron y el patrullero nunca llegó.
—¿Hay muchos casos de violencia de género en Espigas?
—No, no, no —Bonillo mueve la cabeza con énfasis—. El de Delia fue un caso excepcional, no había habido otros casos antes, fue algo muy inesperado.
No todos piensan lo mismo. Un rato antes, la trabajadora social Virginia Benítez contó qué tipo de cosas ocurren puertas adentro del destacamento:
—Una mujer quiso denunciar al hermano porque le pegaba y los policías le dijeron que no estaba permitido denunciar a un familiar. Se enteró de que le habían mentido cuando viajó a Olavarría a registrar la denuncia en la Comisaría de la Mujer —dijo.
Pero ahora, ante la mención de este episodio, Bonillo muestra sorpresa: no tiene registro del caso y dice que el trabajo de los doce policías del destacamento consiste, más que nada, en recorrer los campos para evitar el abigeato, es decir: el robo de ganado. Eso sí es normal.
***
Días atrás, en la puerta de la iglesia, Mirta Otermín mencionó otro caso de violencia.
—Acá nadie habla de una mujer que fue triturada por el marido —dijo.
Esa mujer es Graciela Ditzel. El 13 de mayo de 1994 su ex marido le pegó seis tiros, le clavó cuatro puñaladas, la dejó tirada en la puerta de la casa y se suicidó al lado de la tranquera de la estancia Las Carmelitas, en la quietud del campo.
—Vino enloquecido, borracho, armado, me disparó, me acuchilló y me dio por muerta —dice ahora Graciela.
Seis meses antes, en Bolívar —una ciudad cercana—, el mismo hombre había reunido a Graciela y a los cuatro hijos que tenían en común, había apoyado una cuchilla arriba de una mesa y les había dicho que tenía que advertirles algo:
—¿Ven a su madre? Mírenla y denle un beso porque es la última vez que la van a ver. Con esta cuchilla que ven acá, la voy a degollar.
Graciela cuenta que lo primero que le salió hacer ese día fue correr hacia la comisaría. Aunque ya había ido a denunciarlo varias veces sin éxito, pensó que era lo único que podía hacer.
—Le dije al policía: «por favor detenelo porque me dijo que me iba a matar».
El policía le dijo que se quedara tranquila, pero Graciela estalló:
—¡Quedate tranquila, no! ¡Me dijo que me iba a degollar delante de las criaturas, cómo me voy a quedar tranquila!
Logró que lo detuvieran dos horas. Agarró a los chicos, algo de ropa, y le pidió a uno de los empleados de su empresa —una distribuidora de frutas y verduras— que la llevara en un camión lejos de ese lugar. Hizo 55 kilómetros y llegó a Espigas. Seis meses después, el marido se enteró dónde estaba y apareció: la tiroteó, la apuñaló y la dejó tirada. Veintiún años más tarde, Graciela se alza la remera y muestra la cicatriz en la panza, la herida de bala en el pecho, el tajo en el brazo, los puntos en la espalda, el dedo pulgar deforme.
—Es cierto eso de que vos hacés la denuncia y no te dan pelota —dice.
—¿Sabés de otros casos de violencia hacia las mujeres en Espigas?
Se queda en silencio. Piensa.
—Sí, pero es como que ya las mujeres están acostumbradas, o no quieren decirlo.
Graciela fue suegra de Ernesto Giménez, el ambulanciero del hospital. Curiosamente, cuando a Giménez se le pregunta por otros casos de violencia aparte del de Delia, su respuesta es negativa.
—El de Delia fue un caso puntual.
—¿No te acordás del caso de Graciela?
—Ah, sí, mi ex suegra —dice Giménez, como en secreto—. Lo que pasa es que no sé si ella no le había hecho alguna sinvergüenzada al marido con unos cheques… Él parecía muy trabajador, pero ella era medio…
Giménez habla casi en susurros.
—Ella era muy mala, cuando se separaron casi no le dejaba ver a los hijos.
***
Es seis de agosto de 2015 y en Espigas llueve desde la noche anterior. El camino a Delia es un pantano: hay que esquivar charcos, pisar en cámara lenta, y hacer fuerza para levantar los pies que quedan encajados en el barro.
La tranquera está cerrada. Cuando escucha los aplausos, Delia sale y se acerca despacio.
—Hola, Delia, ¿te acordás de mí? Quería hacerte algunas preguntas...
—Eh… ¿por qué? —dice con hosquedad—. Hasta acá llegué, yo ya quedé libre.
Delia habla entre el enojo y el temor, como si estuviera cansada de todo: de hablar de Cuello, de haber estado presa, de los abogados, de los jueces, de la gente. Hace cuatro meses que está libre. Pasó casi dos años encerrada. En ese tiempo, la visitaron pocos vecinos, le llevó comida la delegada del pueblo, y fue algunas veces a visitarla —Delia dice que tres, la psicóloga dice que algunas más— una psicóloga de Olavarría. Las maestras se habían comprometido a llevar a sus hijos a la escuela y al jardín mientras durara la prisión domiciliaria, pero fueron solo una vez y Delia tuvo que reclamar para que alguien se hiciera cargo del traslado. Así, los hijos pasaron de mano en mano para poder asistir a clases.
Ahora, los nenes reconstruyen lo que pasó como pueden: hace unos días, Valentina vio a Cuello en una foto y preguntó quién era. Juana lo reconoce pero evita nombrarlo. Jorge a veces habla del padre y cuenta que le gustaba ir a pescar con él. En cuanto a Delia, no quiere hablar de la muerte de Cuello y cuando habla relaciona el episodio con una causa sobrenatural.
—Para mí la parca andaba rondando, pero bueno, yo ya no quiero saber más nada —dice.
En Argentina, la muerte ronda a muchas mujeres en el ámbito doméstico. En 2013, el año que Delia cayó en el encierro, hubo 295 femicidios en el país, según datos de la Asociación Civil La Casa del Encuentro. A su vez, dado que, de acuerdo con estadísticas de la misma Asociación, en Argentina hay un femicidio cada 30 horas, desde que la absolvieron y hasta el 28 de septiembre, hubo cerca de130 femicidios más. Por esta razón, el 3 de junio estalló en Argentina la convocatoria Ni Una Menos: «un grito colectivo contra la violencia machista», según el manifiesto de quienes gestaron el acto. Miles de personas se unieron en el Congreso de la Nación y en cientos de plazas del país para decir «basta».
En Espigas también hubo «Ni Una Menos»: los alumnos, profesores y preceptores del secundario marcharon hasta la entrada del pueblo de manera espontánea. El resto de los vecinos —entre ellos, Delia— no fueron porque nadie les avisó que iba a haber un acto. Ahora, algunos dicen que después de enterarse prefirieron ni mencionar el tema porque no sabían cómo se iba a tomar una marcha así en Espigas.
—Yo actué con cautela porque acá pasó al revés: una mujer mató a un hombre —dice Mirta Otermín, la catequista que meses atrás hablaba en la entrada de la iglesia.
Sin embargo, a pesar de lo que opina Mirta —y piensan muchos—, a la marcha fueron setenta personas: es decir, el catorce por ciento de la población de Espigas. Y esto equivale a una impetuosa multitud. A un fenómeno invisible, como tantas otras cosas.
