sábado, 5 de abril de 2014

Arlt


Literatura

«Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras», afirma Roberto Arlt en el prólogo a Los lanzallamas, el final de la novela Los siete locos, publicada en 1931. Escribir. No importa dónde ni cómo. Si a alguien lo apremia la necesidad de gritar lo que ve afuera, en el mundo que  agobia, entonces hay que lanzarse a la tarea a la que Arlt invita. 

Él lo hizo. Y su trazo quedó marcado para siempre en el ser argentino. 

Tal vez lo haya impulsado el temor a un padre autoritario. Tal vez hayan sido sus pasos vagos por las calles de Buenos Aires y de Córdoba, donde aprehendió la esencia de la gente y los lugares.  Tal vez su desencanto con el mundo y la burocracia. Tal vez nada. O todo. 

Las aguafuertes porteñas son el reflejo de su andar por Buenos Aires y están escritas con una honestidad que no abunda. En Los siete locos y Los lanzallamas habla a través de Erdosain y escribe en él el dolor humano. «Arlt- que no era profeta- intuyó como nadie la decadencia y el horror que iba a sufrir la Argentina», afirma Osvaldo Soriano. Sus personajes, reunidos en la sociedad secreta y en el Club de los Caballeros de la Medianoche, revelan la culpa, la angustia, la desesperación, el sentido de pérdida y la desazón del espíritu argentino, al tiempo que se reúnen en un intento de acabar con la realidad que los apremia. 

Algunos dijeron que escribía mal. Sin embargo, hoy, 70 años después de su muerte, los textos de Arlt siguen tan vigentes como cuando los escribió, ahí donde haya podido escribirlos.

sábado, 29 de marzo de 2014

Hong Kong, un posible retrato


Mundo

Hong Kong no es país ni provincia; es una región administrativa especial. No es oriente ni occidente. No es península ni isla; es península en el norte e islas en el sur: decenas que apenas se ven y Lantau y Hong Kong, que destellan rascacielos y un Disneyland Park.

Hong Kong es, según los carteles que cuelgan en su Aeropuerto Internacional, «la ciudad mundial de Asia», como si allí cupiera todo el mundo, o acaso porque el resto de Asia no forma parte de la Tierra.

En Hong Kong —la isla— se yerguen los distritos más occidentales, los más mundiales, de la región de Hong Kong. Las oficinas centrales del banco HSBC, el Consulado General de Gran Bretaña, el Centro Financiero Internacional n° 2, y el Bank of America se erigen ahí entre otros cientos de edificios pulcros y espigados. Asia, en cambio, se esconde en algunos rincones y aparece como a escondidas, en penumbras.

La luz está en el oeste. En las plazas de baldosas sin polvo y sombras de oficinas y pasarelas colgantes. En una Europa moderna de manzanas financieras y torres infinitas. En calles que se regodean en su orden, y bares que a las cinco se llenan de trajes grises para bañarlos en cerveza. En un Hong Kong que se enorgullece de su inglés pulido y pomposo. En un Hong Kong que ilumina todo lo que quiere ser.

Kowloon y los Nuevos Territorios (la península), mientras tanto, miran desde el otro lado del Puerto Victoria la homogeneidad inventada. Manejan autobuses de dos pisos y se cubren de rascacielos de a ratos, pero no pueden esconder en las afueras la cultura asiática, ni los departamentos apilados que podrían caerse a pedazos. En Kowloon, las calles no son ordenadas, y frente a un puesto de comida callejera con platos y vasos plásticos, puede aparecer estacionado un descapotable Lotus sin que nadie se detenga a observarlo.

Hong Kong habla inglés mejor que la Reina Isabel o apenas sabe decir hello. En Hong Kong hay más locales de Prada, Channel, Cartier y Armani que en el centro de París, y hay pasillitos delgados que combinan comida frita y ropa de imitación.

Hong Kong era China y el opio la hizo británica. Era colonia y en 1997 se volvió una región administrativa especial. Un híbrido. Un invento. Un astuto invento inglés.