sábado, 15 de septiembre de 2012
Vincent Van Gogh
Cultura
Un pedazo de tierra removida bastaba para despertar su genio. Vincent Van Gogh nació en el imperialista siglo XIX, pero ese mundo, conquistador y violento, poco tenía que ver con su sensibilidad. La naturaleza le hablaba y él la escuchaba. No sabía cómo pintaba pero los colores le brotaban y trazaba pinceladas que captaban con fuerza ese afuera que lo había impresionado.
Ahí estaba, empapado de lluvia debajo de un árbol pintando el suelo del bosque. Había estado horas dibujando ese trozo de tierra y el entusiasmo era tal que ni la lluvia torrencial había podido detenerlo. Por el contrario, el efecto del agua en contacto con la superficie lo satisfacía aún más. Observaba con la atención de quien mira por primera vez, atenta y continuamente, y tal vez así se haya dado cuenta de que las grandes cosas no son más que el encadenamiento de muchas pequeñas cosas. Todo esta ahí, sólo hace falta saber mirar.
Antonin Artaud, poeta francés, definió a Van Gogh como al más pintor de los pintores y afirmó: “Lo que más me sorprende de él es que sin apartarse del tubo y del pincel, sin recurrir a la anécdota, al relato, al drama, llegó a infundir pasión a la naturaleza y a los objetos”. Van Gogh vivió la pintura. Buscó expresar dolor, golpear, plasmar sin debilidad aquello que percibía. En sus palabras dibujar era “la acción de abrirse paso a través de una pared de hierro invisible que parece encontrarse entre lo que se siente y lo que se puede”.
Sus pinceles y grafitos rompieron la pared de a poco, como pudo, en una sociedad que lo miraba raro. Sus telas cuentan qué sintió cuando las trazaba. Sentía y vivía además de existir. Sus cuadros lo reflejan y su suicidio abrupto y solitario confirma que quien percibe como Van Gogh supo sentir entonces está fuera del mundo o tan dentro de él que el mundo lo escupe.